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7.04.18 (089) - Anthony And the Johnsons

Me jode que los Pollos sepan tan bien hacia donde vuelan... aunque sigo siendo lo suficiente iluso para sacar muchas cosas positivas del encuentro.

Finalmente me ahorré mis notas de secuestrador obsesivo porque me hacían parecer un secuestrador obsesivo y me limité a visitarte tras los 4 paseos hasta María Carbonell antes de su demolición.

La verdad es que el nivel me sorprendió para bastante, hasta el punto de perder un poco de fé en vosotras pero cuando saliste creo que estuviste genial y estoy seguro de que el sábado estaréis en la final. Al principio vi a una Extraterrestra demasiado fría, pero me he convencido de que era cosa del tiempo.

Espero que no se te haya olvidado mi currículum y que sí que me llames para contratarme. Yo firmo cualquier amistad y me aconsejan que no lo ponga tan fácil, pero no sé hacerlo de otra forma.

¡Al ladrón!

PD: Me apasionan las misteriosas casualidades aunque no sirvan de nada. Y sí, "Chup!" está fuera de contexto pero pienso usarlo lo que se pueda.

7.04.17 (088) - En el starbucks

Post en Loftárása


Como te había dicho que a veces me disperso ahí sentado, me habías dejado llevarme el portátil conmigo para poder jugar un poco. Así pues, tú estabas sentada con tu Frapuccino sobre tu rodilla, y a mi me habías cedido el sillón para que me encorbase contra el teclado y la pantalla para perder la vista en ellos.

A ti todo eso te gustaba: el frío sobre tu rodilla, lamer la nata del borde, observar como se tambaleaba la tapa descubierta y puesta boca abajo sobre la mesa, y sobre todo como perdía la conciencia centrado en la actividad con mi ordenador. Mi pelo se revolvía caóticamente cuando golpeaba el teclado, y te reías.
Y lo sé porque me enteraba mientras jugaba. Lo sé porque a eso jugaba.

Vale que tantas pulsaciones por minuto dejaban claro que no jugaba a ningún juego clásico de ordenador, pero seguro que no te imaginabas la forma de enfrentarme contra ti que llevaba a cabo tras mi escudo plegable. La tapa, al tiempo que me mostraba la pantalla, ayudaba a contener la esquizofrenia con la que mis dedos bailaban sobre el teclado.

Nunca te diste cuenta de la cara desfigurada de un Igor maléfico, y algo crecidito de ego u orgullo, que experimentaba con tus entrañas sobre la mesa de al lado. No eran gore mis intenciones de jugar con tus tripas, eran solamente el deseo de hacerte cosquillas hasta por debajo de la piel. Tú, chisposa, hacías que tus intestinos me atrapasen la mano y me engullesen como las tópicas plantas carnívoras amazónicas. Demasiados 80s y demasiado poco sexo convertían en eso mis pensamientos.

Peor, otras veces te ataba las extremidades a la silla y te desnudaba en aquel establecimiento abandonado. (Hasta en mis sueños más bizarros soy un envidioso de mierda, ¡todos los que entraban por la puerta se quedaban sin ojos debido al ácido acondicionado que caía del techo!). Si querías un buen frapuccino tendrías que contornearte, primero esquivando los hielos frios que bajan por tu pecho, y luego lamiéndote los restos de café que convertían en pegajosos tus muslos. A mi me gustaba saltar sobre ti y follarte como sea que el velcro se folla al velcro, o como Winnie The Pooh se masturba con un cántaro de miel. La Enfermiza Abeja Maya zombie que viola a su mujer-glucosa cada vez que esta iba ilusamente a por un granizado de café. La miel nublaba mi visión.... Bueno, admito que para estar basada en una rocambolesca idealización zoofilico-picto-lésbica todas las barbaries que te hacía eran realmente muy falocentristas. Mi imaginación acababa siendo mucha eyaculación y poco lo demás. Cuando dejabas los bordes de tu vaso libres de nata tras cada sorbo, las teclas se me desbordaban del teclado y tenía que culminar cada retazo de fantasía como podía. Tus frecuentes sorbidos me provocaba demasiados interruptus.

Cuando me mostraba cansado y me acariciaba los ojitos (en realidad, las ojeras), te reías de ternura porque hoy he trabajo mucho... Ya verás, ya.

7.04.12 (083) - Gravedad cero

Hacía ya mucho tiempo que su alienígena favorita había salido a buscar las Lays Vinagreta (que habían salido despedidas) al espacio y empezaba a impacientarse. Se supone que el contacto visible no se perdería, pero subestimaron el poder cegador del sol, cuyos rayos putivioletas afectaron a todo el instrumental de la nave. En el interior de la nave Dine, el Señor de las Casualidades Causales no sabía ya que hacer. Sabía que ella estaba cerca porque el cable que la unía a la nave devolvía la señal de que un objeto de 70 kilopondios (sumando el traje y el instrumental) seguía al otro extremo de este.

Dentro de la nave había música y comida, pero alguien que tiene tan cerca y tan lejos todas las estrellas del universo no puede evitar volverse loco cuando transcurre tanto tiempo sin que aparezca ni un solo asteroide al que pedirle un deseo.

Un día se colocó el traje de supervivencia, agarró el cable de varios kilómetros que todavía separaba a su amiga de la nave, y saltó sin mayor protección hacia el vacío del espacio. Cualquier viento estelar o un error en la trayectoria programada que le hiciesen soltar el cable durante un solo segundo le condenarían a viajar por el espacio sin rumbo, sin encontrarse nunca con ella.

Avanzó a trompicones contra la luz de aquella estrella de la muerte, hasta quedarse ciego. Se le quemaron las retinas pero ni una sola de sus lágrimas se evaporó.

Y solo él supo si logró llegar o murió quemado y deshidratado. Y con eso basta.

7.04.09 (080) - otaminonA

El hombre aparcó el coche en doble fila como otros lo habían hecho antes. Tenía que esperar pacientemente a que ella saliera de la Escuela para llevarla a casa, así que se puso a revisar unos papeles que tenía en el asiento del copiloto.

No tardó en percatarse de que una de las miradas de la calle se repetía a intervalos regulares. Se colocó las gafas y observó la acera: un chico daba vueltas y vueltas aislado por sus cascos. De la cafetería al colmado, del colmado a la cafetería. El hombre recordó una de las historias de su hija, de un chaval que alguna vez pasaría a buscarla y que la llevaría a dar un paseo por el centro antes de embarcar en un tren camino a casa. No le pareció mal chico, así que enseguida asoció esa historia con su presencia, y fingiendo leer se puso a cavilar si realmente este extravagante extraño sería el falso héroe de aquella sencilla historieta.

Pero antes de que el cuento tuviese un nudo y un desenlace, su hija salió de la Academia, montó en el coche y él arrancó y se fue. Ella no era la mujer cítrica de aquel cuento precoz y cuando las luces se apagaron a él temió que María Carbonell se hubiese transladado a Serrería bajo orden de demolición.

Feliz aniversario, Lemongirl.

7.04.07 (078) - Tardanza. Fucsia

Me levanté temprano para ser un sábado: un poquito antes de las 10. La manta estaba hecha un gurrumio a mis pies y la claridad del sol ya me atacaba.

Lo primero que hice fue buscar tu olor sobre la cama, en vano, por lo que luego busqué en la mesita de noche con idéntico resultado. Preocupado, me levanté rápidamente yendo hacia el armario para abrirlo de par en par y encontrándome solo la silueta de rotulador que había dibujado ayer cuando te habías acurrucado y escondido ahí dentro. Luego salí al pasillo y ahí vi pegada la foto de tu sombra que te había sacado el otro día. En el suelo, cubierto de nieve de extintor, había algunas de nuestras huellas.

Empecé a meter la cabeza por las habitaciones, pero nunca estabas del todo: en la otra habitación solo estaba uno de tus zapatos, en el baño tu nombre escrito en el espejo, en la cocina una flecha de galletas que me señalaba, en la puerta de casa la huella de tu mano espolvoreada con talco y en el cuarto del ordenador estaba el skin rosa pálido del Winamp cantando tus canciones favoritas de Niza o Los Planetas, música fucsia.

Preocupado llegué al fin al salón y mas allá del cadáver del helado de fresa, de tu camiseta haciendo de espantapájaros, del gran espacio vacío que usamos para bailar y del movimiento de las cortinas, estaba sobre el sofá el albornoz de Elly que una no muy alta muñeca se puso una vez. Era un cuatro rosa que descansaba sobre el sofá. Desconsolado, me tumbé a su lado y lo apreté contra mi buscando, sin encontrarla, esa piel rosita de la que tanto se nos ríen los negros.

7.03.28 (071) - No te necesito si tengo almohadas y luces en el techo [Fin de T3]

He pensando que los fuegos artificiales son aquellas las estrellas fugaces que se arrepienten y desean volver al cielo. Los deseos se des-piden y se despiden en una regresión a su estado cósmico. Así los sueños vuelven a ser libres pueden seguir creciendo.

Tengo suerte porque aquí todas las semanas se oye alguna vez algún ruidoso y estrepitoso cohete surcando el cielo. Y aunque nunca las luces entran en mi cuarto, el sonido y los reflejos de las luces naranjas y azules infringen la privacidad que me otorga mi casa y me acompañan desde el preciso instante en el que decido emocionarme con su presencia. Sea bienvenida tu compañía y este momento.

Y a ti ya no te necesito si tengo almohadas y luces en el techo.
...
¿Te puedo abrazar?

7.03.22 (065) - Cowgirl bebop

No cabes en ti, y por eso te encoges tanto. ¡Quién pudiera recogerte entonces y enpaquetarte en una de tus nubes estrelladas! Pero tu alegría ahora se frota contra tu mejilla. Ah. Que se te va a desgastar la cara por esa mejilla.
Me pregunto si escaparás por ellas y te convertirás en parte del falso vinilo. Quiero verte en 8 pistas.

Encuentra tus ojos, recupera el halo marrón y domina tus amadas noches con su oscuridad. Extiéndela por el Imperio Chino y que no quede agridulce fuera de su jurisdicción, a ver si la salsa se incendia y sus luces del naranja al granate te iluminan la velada y celebran también tu cumpleaños. Luego dará mucha pena bañarnos el cerdo con ella.

Y tu sonrisa desdibuja movimientos lentos de nerviosismo a una alegría incontrolada. ¿Eres consciente de que has perdido el control? Seguramente no, estás demasiada centrada en volver al principio: en encogerte para coger las felicidades dadas dentro de ti, y así redundar y llamar a esto un feliz cumpleaños.