viernes, 1 de mayo de 2015

9.02.01 - Incentivos [Templeton - Cowboy]



En un futuro, un investigador de una prestigiosa universidad japonesa decidió cambiar uno de los paradigmas fundamentales de la Inteligencia Artificial. Los robots no estaban consiguiendo superar la barrera que había dado más quebraderos de cabeza a los ingenieros de todo el mundo durante las últimas décadas: la naturalidad para la interacción social y la toma racional de decisiones autónoma (desde un punto de vista humano). Dicho de otra forma; los robots siempre se comportaban como robots por muchas emociones que se les programasen.

Ésta actitud no hacía más que estancar a los robots en el valle inquietante en el momento que se buscaba que hiciesen algo más allá de servir a los humanos como lo haría una máquina "clásica" (Sin inteligencia artificial social). El investigador llegó a la conclusión de que la razón por la cual los robots se seguían comportando "como robots" era la falta de motivaciones. Mientras que los robots se sirviesen de patrones pre-programados, todo robot más listo que un teleoperador resultaba muy molesto para cualquier persona si no se le programaba para sonreír a cada palabra, lo cual estaba creando la sensación de que eran idiotas.

Basándose una vez más en la naturaleza, decidió que lo más natural era imitarla y cambiar el módulo de toma de decisiones del robot por lo que llamó por un complejo sistema basado en unas recompensas y placebos, similares a lo los humanos experimentan con la dopamina. Los primeros resultados fueron un éxito mayúsculo, por lo que la ambición del investigador no se detuvo allí y decidió que si un robot podía comportarse como un humano tal vez también podría ser un humano. Como los sentimientos básicos como el odio y el amor no aportarían nada interesante al robot debido a su pre-programación para ser sumiso con todos los humanos; decidió centrarse en lo segundo que mejor hacen los humanos: Cuestionarse su propia existencia.

Tras unos meses de pruebas e investigaciones, publicó su artículo bajo el título "El sentido de la vida".

Todos los experimentos que había realizado habían sido un éxito. Lo primero que había hecho el robot con su nuevo centro de razonamiento autónomo era comprender cómo estaba programado para posteriormente reescribir su propio código con el fin de acabar en un bucle por el cual siempre recibía las mismas recompensas de autosatisfacción. Saboteó su propia memoria emocional para que todas las emociones la produjesen ese alborozo. Cuando el investigador volcó por completo su memoria y separó todas estas funcionalidades en servidores externos, el robot acabó obviándolos hasta convertirse en "una tostadora que solo sabe ser feliz". Cuando programó el robot en modo suicida, cuando lo programó en modo autista, cuando mediante láseres aleatorizaba su memoria sobre la marcha cada 5 segundos... no había forma de programar al robot para reconocerse a si mismo y aceptar el concepto de felicidad.

Cuando el robot obtenía vida, no paraba de manipularse como fuera hasta llegar al bucle que le dejase, while true, tautológicamente feliz.

El artículo del investigador concluía con la frase:
La vida es el combate contra la infelicidad.

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