viernes, 4 de noviembre de 2011

9.01.10 - La victoria del egoista [Catnaps - I Sat on the Edge of My Bed and I Sang You Velvet Underground Songs]

Catnaps - I Sat on the Edge of My Bed and I Sang You Velvet Underground Songs


Sin ilusión también se vive. Sin emoción también se ríe.

Había, hace no mucho tiempo, un histriónico histérico de La Belleza con mayúsculas. Tenía en todos los agujeros de todos los calcetines, y por tanto en todos los cayos de los pies, para ella una idea, un concepto, una sensación y un sueño por el que perseguirla. Y cuanto más fuerte era esa idea mayor era la soledad a su alrededor, porque ya sabemos que todos los locos son unos ermitaños ya que las jaurías solo crean masas sociales de mascar. Pero, a lo que íbamos, había un cuentacuentos de mil millas por delante y dos mil por detrás. Estoy hablando de un escalador de esos que te escalan el Mediterráneo y te bucean los Pirineos porque para bien y para mal el enemigo es el obstáculo. Y la meta casi que cuanto más lejos esté más satisfacción otorgará al conseguir premio de consolación. Porque sí; este aventurero no jugaba para ganar, si no para construirse una empalizada de integridad, una fortaleza de auto-complacencia, un montón de mierda.

Pasó que hasta los héroes más losers se apuntan a las victorias alguna vez; por eso de vivre sa vie y no ser un snob fracasado proyectado en un póster de una película de Godard que cuelga en una habitación aséptica. La victoria implica convertir los aposentos privados en guerras de una sola hora, la integridad en algodón de azúcar, la ilusión en cunnilingus y el sexo en el terremoto de Fukishima, catástrofe nuclear incluida. Y la verdadera importancia de todo esto es que el sudor que aparece justo antes de correrse, el más pringoso y asfixiante, es lo que mejor hace olvidar todas las putas mierdas que habitan en las miradas perdidas.

Hemos cambiado al bohemio de mirada fija en el suelo por el egoísta hermético. No hay más emoción que una sensación y no hay más ilusión que una satisfacción. En otras palabras, no hay nada victoria más plena que la egoísta.

9.01.09 - Amor cerebral [Very Truly Yours - Dear]

Very Truly Yours - Dear


A veces pienso todavía en los recovecos de estupidez que me quedan. (De los que tengo localizados, quiero decir). No puedo evitar volver a pensar que lo imposible es factible y que es tan fácil como hacer que sea fácil.

Lo fácil es por ejemplo dejar caer una amistad en mis brazos y sonreirle un abrazo: Se hace la mueca, se rodea su cuerpo con los brazos, se posa la mano derecha en su omóplato derecho y se aprieta en una caricia descendente. Pero la facilidad a partir de ahí no tiene nada de satisfactorio. Se me han desintegrado cuerpos enteros en una de estas maniobras de amor perfectas. Simplemente no es un ataque efectivo. En cambio, las mordeduras en el cuello si que lo son. El problema es que estas no son el camino fácil, ni mucho menos.

La dicotomía de esto es cómo nos traicionan nuestras expectativas. Yo muchas veces he creído que sería feliz volviendo a tener a ß o ¢ en mis brazos, y sin embargo nada me deja más satisfecho que moder a ð. Mi corazón quiere querer pero es mi cerebro el que acaba mandando. Y yo no me esperaba esto. Todos los suspiros y esos gestos de extender el brazo para intentar conseguir algo pero arrepentirse a mitad del gesto tienen un claro origen cardiaco, pero luego lo que me hace bombearme la vida son todas las órdenes que me dicta el cerebro: "Juega, escucha Tiny Fireflies, folla, ama, come cereales de arroz inflado con chocolate del Consum, etcétera". Al final resulta que el órgano más pasional es el viejo cascarrabias de ahí arriba. El otro, la antítesis de la razón, no es más que un adolescente. No, ni eso, ¡es un niño! El corazón es un órgano inocente, iluso y a estas alturas de la vida, ciego, inmaduro, y hasta antidarwinista porque el corazón conduce al suicidio y el cerebro al orgasmo.

Con esto viene a pasar que mi querida ð me viene a decir, con cariño, que soy un rollo. Pero eso es cosa del centro de computación que lo domina todo desde ahí arriba. Las máquinas no tienen sentimientos, o mejor dicho, emociones desbocadas. Pero eso no quiere decir que yo la quiera.