sábado, 30 de mayo de 2009

7.04.09 (080) - otaminonA

El hombre aparcó el coche en doble fila como otros lo habían hecho antes. Tenía que esperar pacientemente a que ella saliera de la Escuela para llevarla a casa, así que se puso a revisar unos papeles que tenía en el asiento del copiloto.

No tardó en percatarse de que una de las miradas de la calle se repetía a intervalos regulares. Se colocó las gafas y observó la acera: un chico daba vueltas y vueltas aislado por sus cascos. De la cafetería al colmado, del colmado a la cafetería. El hombre recordó una de las historias de su hija, de un chaval que alguna vez pasaría a buscarla y que la llevaría a dar un paseo por el centro antes de embarcar en un tren camino a casa. No le pareció mal chico, así que enseguida asoció esa historia con su presencia, y fingiendo leer se puso a cavilar si realmente este extravagante extraño sería el falso héroe de aquella sencilla historieta.

Pero antes de que el cuento tuviese un nudo y un desenlace, su hija salió de la Academia, montó en el coche y él arrancó y se fue. Ella no era la mujer cítrica de aquel cuento precoz y cuando las luces se apagaron a él temió que María Carbonell se hubiese transladado a Serrería bajo orden de demolición.

Feliz aniversario, Lemongirl.

lunes, 18 de mayo de 2009

7.04.07 (078) - Tardanza. Fucsia

Me levanté temprano para ser un sábado: un poquito antes de las 10. La manta estaba hecha un gurrumio a mis pies y la claridad del sol ya me atacaba.

Lo primero que hice fue buscar tu olor sobre la cama, en vano, por lo que luego busqué en la mesita de noche con idéntico resultado. Preocupado, me levanté rápidamente yendo hacia el armario para abrirlo de par en par y encontrándome solo la silueta de rotulador que había dibujado ayer cuando te habías acurrucado y escondido ahí dentro. Luego salí al pasillo y ahí vi pegada la foto de tu sombra que te había sacado el otro día. En el suelo, cubierto de nieve de extintor, había algunas de nuestras huellas.

Empecé a meter la cabeza por las habitaciones, pero nunca estabas del todo: en la otra habitación solo estaba uno de tus zapatos, en el baño tu nombre escrito en el espejo, en la cocina una flecha de galletas que me señalaba, en la puerta de casa la huella de tu mano espolvoreada con talco y en el cuarto del ordenador estaba el skin rosa pálido del Winamp cantando tus canciones favoritas de Niza o Los Planetas, música fucsia.

Preocupado llegué al fin al salón y mas allá del cadáver del helado de fresa, de tu camiseta haciendo de espantapájaros, del gran espacio vacío que usamos para bailar y del movimiento de las cortinas, estaba sobre el sofá el albornoz de Elly que una no muy alta muñeca se puso una vez. Era un cuatro rosa que descansaba sobre el sofá. Desconsolado, me tumbé a su lado y lo apreté contra mi buscando, sin encontrarla, esa piel rosita de la que tanto se nos ríen los negros.