miércoles, 8 de julio de 2009

7.04.20 (091) - Principio de las cosas inútiles

-Estás cansada, estás cansada, estás cansada...

Miraba a mi princesa tambaleándose sobre el asiento mientras intentaba capturar todas las luces que se veían a través de la ventanilla, y estaba ansioso por que cediese al sueño y acabase recostándose sobre mi hombro. Yo la susurraba como Guido (*Roberto Benigni en "La vida es bella") haciendo torpes y disimulados gestos con los dedos de ambas manos. El poder de la voluntad acabó por funcionar. Victoria, satisfacción. Extrema alegría.

El autobús pasaba sobre un largo puente que atravesaba el foso: aquel río seco y mustio que sitiaba toda la ciudad. Al otro lado dominaba la oscuridad: los coches y las casas se olvidaban que existía un mundo ahí fuera. Estábamos abandonado una de esas ciudades que acaban ahogándote, cansándote y chupándote toda la esperanza, osea, cualquier ciudad. Yo solo pensaba en que ningún bache llegase a despertarte.

Era tan sencillo tener cada uno un bolso colgando de nuestro hombro y poco más... Claro que no somos estúpidos hipócritas y sabíamos que vendrían pronto furgonetas y camiones llenos de gadgets y cosas inútiles que no abandonariamos por nada del mundo. Cualquier cosa útil se había quedado atrás.

Me acordé de sesiones musicales, discusiones de cine y planes sumamente retorcidos que no llegaban a producirse nunca: pensaba si sería capaz de hacerme a la idea de verme girando la cabeza e inclinando mi cuerpo para intentar besarte. Tan bizarro como surrealista.
Al final todo lo que nos queda es un respeto a un no se qué preestablecido al que no nos enfrentamos nunca por miedo. Ya te vi enfadada una vez y por eso ando toda la vida huyendo de ello. No creo que tenga que justificarme ante tan terrible situación.

2 TB de memoria a deglutir durante un tiempo y en seguida te veré en el callejón al que dé 'nuestro' nuevo apartamento, con un otro 'él' cogido del brazo, correteando de un lado a otro de la calle y riendo sin parar.

Separaste la cabeza de mi hombro, entreabriste los ojos y me miraste.

-Creo que madurar es aceptar que todo es una mierda, que no hay esperanza, y que no podemos hacer nada para cambiarlo, y por tanto, dejar de pelear y aceptarlo.

Y tú me miraste como si te hubiese dado un consejo axiomático y trascendental.
¡Oh, mierda!

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