domingo, 4 de abril de 2010

8.05.17 (063) - Kuvala

RinneRadio

No sé si mi perro es consciente de que se va a morir.

Es fácil humanizar sus actos y decisiones, hablar de fidelidad, euforia y tranquilidad; pero sólo es un perro. Tratar de extrapolar sus actos en equivalentes humanos es una pérdida de tiempo. Pero está claro que los perros piensan, y me pregunto si él, Otto, consciente de su edad, sabe que su pérdida energía es un claro síntoma del fin de la vida.

Le bajo a la calle, mea y olisquea hasta que se tropieza y duda por un rato si se quiere levantar. Yo, que soy un niño desde que él llego cuando tenía 7 años, me siento en la acera y observo como se sienta y mira hacia ningún lado. Me pongo a acariciarle y a llorar. Porque antes, aunque ya estaba bastante sordo y cegato, le metía prisa por que hiciese sus cosas. Me gustaba estar con él, pero también quería subir y conectarme para hablar con mi otra gente. Y ahora que necesita media hora no soy capaz de moverme ni de apremiarle. Porque yo nunca siento que algo sea suficiente, y menos cuando sé que se va a acabar.

Este último año se está haciendo muy largo y hay días que no lo puedo soportar.

Extrapolar el comportamiento de los animales a la conducta humana no tiene sentido. Valga la inmodestia, nuestra complejidad social y emocional es infinitamente mayor. No tiene sentido sobrevalorar las virtudes de un animal de compañía.

Pero es que no puedo evitar derrumbarme. Porque él nunca me miró como si fuese un imbécil cuando le decía que le quería y le tenía que abrazar. Nunca existe el problema de la falta de complicidad, comprensión, confianza o entendimiento. Él simplemente se deja abrazar.

Seguramente es que no me entiende. Me da igual.

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