sábado, 28 de agosto de 2010

8.06.14 (084) - Since I left you

The Avalanches

Tarde, mal y (casi) nunca me presenté desaliñado, con varios botones sin poner y varios dobleces por donde claramente no correspondía su existencia. Estaba ajado, y antes incluso que saludar, tuve la necesidad de excusar mi zarrapastrosería.

"A la espuma de afeitar la he alistado hace poco en el ejército. Es nueva, y por eso todos sus compañeros le hacen las novatadas típicas de estos primeros días. Yo he tratado de impedírselo, pero no me escuchan la mayoría de las veces, con cualquier orden en general. Por ejemplo, ya en muchas ocasiones le he pedido al grifo que sacase agua fría y él siempre la ponía a hervir. Obviamente ante este panorama no tenía mucho sentido insistir en la disciplina, y así ha pasado lo que me ha pasado hoy.

Tenía que haberlo visto porque de unos días a aquí se han producido una serie de incidentes que ahora puedo calificar inequívocamente de petites mutineries: El cepillo de dientes se suicidó tirándose al suelo y tuve que reemplazarlo por resultar imposible la desinfección, la cistena se puso en huelga y hasta el papel higiénico era reticente a hacer su trabajo; aunque esto es culpa mia por ir dejando los cadáveres de sus compañeros encima de la cisterna.

Tal vez por ello, y sabiendo lo especial del día de hoy, decidieron vengarse todos a una. Primero la espuma, tal vez coaccionada por su condición de novata, decidió obsequiarme con unas molestas bolsas de aire cuando se dispersaba sobre mi piel. Con el terreno así de preparado, no le costó mucho a la cuchilla de afeitar agarrarme ciertos pelos resecos y levantarme la piel con ellos. Cuando traté de curar mis heridas con recortes de papel higiénico, éste se precipitó impregnado en sangre sobre el pecho de mi camisa, lo que explica la aparición de este primer frente de manchas. Luego, al recortarme el flequillo, las tijeras, con muy mala baba, se llevaron por delante un cacho de mi manga. Esto explica las dobleces disimulatorias del sector septentrional.

Resumiré para acelerar. Un complot gustativo de la pasta de dientes me ahorcó una gárgara, y por eso tengo este gran derramamiento tan a gusto sobre el pantalón. Las cordilleras de mi espalda tienen su origen en un enganchón con la puerta del baño. Muy violento el enganchón. Y el retraso horario está más que justificado por el atentado final del váter engulléndose el bonometro, que yo creo que colaboró asomándose de más por el bolsillo."

Y ya está. La noche me ha envuelto en una repugnánte crisálida veraniega de humedad, y aunque me siento recién salido de una batalla contra un monstruo semi-aquoso echo de mierda, yo solo pienso en buscarte una sonrisa y en resolver la más importante de todas las dudas: ¿Me creerás?

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